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lunes, 29 de abril de 2013

Las 24 Horas de LeMons: Carreras para todos


“Sí, son carreras de verdad. Dicho esto, entre la densa avalancha de cacharros delante de ti y nuestra aversión a las rectas largas, no vamos a establecer ningún record de velocidad. Es como la versión ruidosa y competitiva de manejar al trabajo. Pero por mucho, mucho tiempo. Y sin llegar a ninguna parte. Y es mucho más difícil tomar café con un casco puesto. Ah, y, ya sabes, más peligroso.”

Así presenta la organización de las 24 Horas de LeMons su temporada 2013. Con un nombre que, ya se habrán dado cuenta, parodia el nombre de la famosísima carrera de resistencia que se desarrolla anualmente en Le Mans, haciendo un juego de palabras con la expresión muy norteamericana “lemon”, que se refiere a un pedazo de chatarra, un auto lleno de vicios ocultos, un auto “trucho” como diríamos por acá. Instalada por primera vez en 2006, la serie de eventos – ajem – deportivos tiene su propia serie de reglas, de las cuales la principal es que el valor del auto que compite no puede superar los quinientos dólares.

La organización tiene una manera muy simple de asegurar que se cumpla esta regla. Al entrar en la competencia, uno acepta que los organizadores pueden comprar su vehículo por no más de 500 dólares. Si se ha invertido más en él, se perderá toda la diferencia. Además de perder una vuelta por cada diez dólares que uno se exceda del precio, lo que se llama el “factor patraña” (o “Bullshit factor”).

Por supuesto, como la seguridad no tiene precio, esta regla no alcanza al equipamiento mínimo obligatorio de seguridad de los autos, que incluye jaula antivuelco, casco completo (imposible usar cualquier otro tipo de casco o sombrero en la competencia – algo que parece obvio hasta que ve a los pirados que entran en la competencia, muchos con disfraces de lo 
más jalados de los pelos), asientos tipo Recaro con arnés de cinco o seis puntos, traje piroretardante y extinguidor.

Otras reglas bastante extrañas acompañan a la del precio. Aunque eso de “4 Horas” en realidad solamente se refiere a un evento de la serie, los otros eventos también son bastante largos, con unas 15 horas de carrera durante un fin de semana completo. Por supuesto, gana el que más vueltas logre dar en el tiempo otorgado. Y considerando que todos los autos son inservibles, lograr que funcionen por 15 horas bajo exigentes condiciones es toda una hazaña.

Pero los competidores y la organización se toman el desafío con bastante humor. La bandera negra (la que significa expulsión de un auto) se usa alegremente, y como castigo adicional al manejo demasiado agresivo existe una figura llamada “la maldición popular” que consiste en elegir el auto del peor conductor de la pista para ser demolido en público – o incluso POR el público. Algunas sanciones son mucho más aleatorias, sin embargo. Existe una “rueda del infortunio” que decide el castigo de un conductor sancionado con sanciones como el Memorial Marcel Marceau que consiste en pintar la cara del piloto de blanco y hacerlo explicar – con mímica, no con palabras – su infracción, o el castigo “Mark Sanford -Llora por mí Argentina” que consiste en escribir sobre el capó del auto una larga carta de amor dirigida a una
amante argentina, como lo hiciera en la vida real el ex gobernador de Carolina del Sur cuyo nombre está en la regla.

Los premios por vueltas se reparten entre cuatro categorías. Pero los premios reales no son estos. El premio “índice de efluencia” va al auto que, de acuerdo al jurado, teniendo las peores probabilidades, logra terminar el evento. Otros premios se dan al “arreglo más heróico”, “me fregaron”, y el “Premio de la revista Grassroots Motorsports al más por menos-más (o menos) horrible buque yanqui”. A estos se agregan ocasionalmente premios como el “favorito del jurado” (que suele tomar en cuenta sobre todo la originalidad y el sentido del humor) o el premio a la “más peligrosa
tecnología casera”.

El campeonato, finalmente, premia no tanto a la acumulación de puntos, que no los hay, sino a la resistencia de los cacharros. La vieja lata que logre participar terminar la mayor cantidad de eventos (una temporada tiene unos 15 eventos, pero el ganador del campeonato normalmente no logra acabar más de tres o cuatro) logra la “medalla de unununio”, los siguientes veinte (que logran acabar dos o tres veces) reciben la “medalla de ununcuadio”y otros treintaicuatro reciben la “medalla de ununhexio”.

En realidad, si bien es cierto que son verdaderas carreras, como dice la organización, todo es una excusa para juntarse con amigos, reír como orate, tomarse unas cervezas y pasar un buen rato. Acá, literalmente, el que se enoja pierde. Y los premios son más para la buena onda, el sentido del humor y, en un extraño sentido, la caballerosidad deportiva. En tiempos en los que el automovilismo se ha vuelto un pasatiempo para millonarios, es bueno conocer el lema de las 24 Horas de LeMons: “No es sólo para los idiotas ricos. Es para todo tipo de idiotas”

Esteban

jueves, 27 de mayo de 2010

Negra explicación

Now, this is really quite simple, ok? Understeer works like this: [moving a model of a Ford Focus in a straight line] you drive down the road, turn the [steering] wheel, but the car goes straight on, crashes into a tree and you die. OVERsteer works like this: [moving a model of a BMW series 3] you drive down the same bit of road, turn the wheel, but the back of the car comes round like this [showing how the car fishtails 180 degrees], and you go off the road, crash into a tree and you die. Now, oversteer is best, because you don't see the tree that kills you.

Richard Hammond - Top Gear, Series 2, 2.5

domingo, 16 de mayo de 2010

La difícil tarea de ponerle nombre a un auto

En general, los europeos no se hacen mucho drama a la hora de bautizar sus nuevos modelos de autos. Una serie de números y letras que hacen referencia a la categoría (o segmento del mercado al que se dirige), la cilindrada del motor y la plataforma base serán suficientes en la mayoría de los casos. A veces, además del código, los fabricantes le ponen un apodo adicional, sobre todo a los deportivos. Usan nombres de animales salvajes o referencias a la idea de victoria o de conquista. Más excepcionalmente, usan algún nombre mitológico o incluso el nombre de alguna persona (como el inovidable Enzo Ferrari).


Los autos americanos, en cambio, muy rara vez usan un sistema de códigos. Es más, como se estructuran las empresas americanas (que son grandes consorcios que manejan varias marcas), la distinción del segmento de mercado objetivo se realiza más por la marca. Por ejemplo, del consorcio Ford, un comprador de pocos ingresos comprará un Ford (propiamente dicho), uno más acomodado un Mercury y uno al que la vida realmente lo ha tratado bien comprará un Lincoln, sin darse cuenta que los tres están comprando esencialmente el mismo auto con diferente nombre y diferente nivel de equipamiento. Ahí los encargados del marketing deberán bautizar no a uno sino a tres nuevos modelos con nombres distintos. Usarán nombres de animales salvajes o caballos (nunca mascotas), alguna referencia a lo que hace el vehículo (Explorer, Navigator) o, en alguna rara ocasión, algo más extraño como alguna palabra en latín o griego, o incluso como veremos a continuación referencias astronómicas. A veces hubo metidas de pata, como el famoso Chevrolet Nova (en consonancia con otros modelos “astrales”, como el Vega) que en América latina se convirtió en Chevrolet “no va”, debido a la reputación de mala calidad de esa marca.

Pero los que no solo siguieron, sino exacerbaron hasta lo ridículo esta tendencia a ponerle nombres que no siempre hacen mucho sentido fueron los japoneses. El auto más vendido del mundo, por ejemplo, tiene un nombre que muy pocos entienden. Corolla es, en latín, la aureola o corona de luz que se pone sobre la cabeza de los santos y los ángeles. El nombre tiene su historia, pues este modelo se concibió originalmente como una versión más modesta y pequeña del Corona (o Crown en el mercado japonés), que era un auto ejecutivo y cuyo nombre por tanto tenía mucho sentido. Como en la cultura japonesa no hay ni santos ni cosa parecida, aparentemente los marketeros de Toyota supusieron que ese aro dorado que salía en estatuas y cuadros era una corona pequeñita (que en realidad vendría a ser una tiara). Muy lógico.

También los japoneses tuvieron metidas de pata, algunas groseras. Fue el caso del 4x4 estrella de Mitsubishi, ganador del rally de Dakar, cuyo nombre en español era tan grosero que tuvieron que cambiarlo exclusivamente para el mercado latinoamericano: de Pajero a Montero. Ninguno de los dos significa nada en ningún idioma, salvo el significado groncho del primer nombre por supuesto.

Otras anécdotas simpáticas (y lecciones de marketing) son las que derivan de visiones muy distintas del mundo. Como muchos se imaginan, los autos japoneses, sobre todo los pequeñitos que son su especialidad, tienen frecuentemente nombres inspirados en mascotas o montruitos tiernos tipo Pokémon. Para el comprador japonés, tiene mucho sentido comparar un auto que se llame Sunny o Starlet o cualquier otro nombre de mascota. Sin embargo, para el comprador americano, para quien el auto es símbolo de libertad y de independencia, o para el comprador latinoamericano masculino, cuyo auto debe ser tan “macho” como él. Por suerte, el comprador latinoamericano la mayor parte de las veces tampoco entiende el nombre.

Finalmente, hay muchísimos casos en que los autos japoneses tienen nombres que no tienen ningún sentido. Los nombres se ponen porque suenen a algo, no porque lo signifiquen. Impreza sugiere la idea de emprendimiento, esfuerzo. Terios sugiere la idea de algún ser mítico griego. X-Trail sugiere la idea de un sendero desconocido que hay que explorar.


En cualquier caso, y a manera de diversión, recomiendo a cualquiera que tenga unos minutos de ocio (en el minibús por ejemplo) fijarse en la parte trasera de los autos y tratar de resolver el misterio de los nombres con que se bautizan los autos. Es una excelente manera de pasar el tiempo perdido en le transporte público.


Esteban

(publicado el 1 de marzo de 2008)

Chitika