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lunes, 20 de septiembre de 2010

Reporte de viaje: La Paz – Luribay

Un antojo de duraznos frescos fue el detonante para embarcar a mi esposa, mis hijos y una amiga de la familia en el viaje de tres horas y media al valle interandino de Luribay, ubicados a 100 kilómetros al sur de La Paz, que con tanta curva y contracurva se convierten en 180 kilómetros por carretera y trocha – casi exactos 100 y 80 respectivamente.
El primer tramo es sobre la conocida y peligrosa carretera La Paz – Oruro, o ruta 1, en la que felizmente se están iniciando – por fin – las obras para ampliar la pista de dos a cuatro carriles. Entre tanto se concluya esta obra en unos dos o tres años, sigue siendo muy válida la advertencia de que los rebases deben ser tomados con extremo cuidado y solamente en lugares con amplia visibilidad.
En este primer tramo, el carro, para los que no lo saben todavía un Subaru Forester 2.0 del año 2008, tuvo un comportamiento excelente. A pesar de no ser un vehículo tremendamente poderoso ni deportivo, y de que la carretera en cuestión varía sobre altitudes de entre 3.800 y 4.100 msnm, la recuperación en velocidad y la agilidad son excelentes, permitiendo rebases rápidos y limpios sin generar riesgos innecesarios en ningún momento.
Pasando la ciudad de Patacamaya, verdadero centro logístico y de transporte pesado del occidente boliviano por ser la encrucijada entre esta carretera, la principal vía de conexión con Chile y los puertos de Arica e Iquique, y varios desvíos a los valles interandinos, tomamos la variante hacia Luribay, que consiste en 80 kilómetros de trocha, que pudiera dividirse en tres segmentos para mejor ilustración.
El primero, sobre el Altiplano, es una franja recta de tierra arcillosa y gravilla suelta de unos 10 km de largo, en los que si bien se puede desarrollar una velocidad relativamente alta, se debe calcular al menos el doble de distancia que sobre asfalto para frenar o tomar las curvas que son muy ligeras pero traicioneras. Cualquier movimiento brusco acá en el freno o el volante es garantía de pérdida de control del carro, aún en uno con tracción a las cuatro ruedas. Debe tomarse en cuenta también acá la distribución del peso en el vehículo para poder predecir su reacción ante pequeñas correcciones en el rumbo.
El segundo segmento consiste en un ascenso importante a la fila de cerros que separa el Altiplano del valle. Si bien el todo camino está bien cuidado y se nota que pasan una motoconformadora por él con cierta frecuencia, la gravilla suelta y el polvo pueden dificultar un poco el ascenso. Todo el segmento consiste en curvas y contracurvas que si bien el carro devoró sin problemas – teniendo cuidado de anunciar nuestra presencia con un largo bocinazo en las curvas donde se pierde la visibilidad – requieren mucha atención por la posibilidad de encontrarse con sorpresas al otro lado (animales, piedras grandes, o eventualmente un vehículo parado a la orilla). Al igual que el primer segmento, deben evitarse los movimientos bruscos pues el auto no reaccionará de manera predecible.
Este segmento concluye al llegar al poblado de Totora, pueblito muy pintoresco aunque casi abandonado por sus pobladores. A partir de este punto, comienza el segmento más complicado y en el que por primera vez hemos tenido algunas dificultades con el auto que, con algunos trucos útiles, pudimos sortear sin novedad aunque con algo de sufrimiento por parte del Subaru.
En efecto, entre Totora y la llegada al fondo del valle hay 37 kilómetros de un descenso pronunciado, esto es de unos 4.700 msnm a aproximadamente 2.600, lleno de curvas cerradas y sobre superficies que varían entre arcillosas y arenosas, lisas y con gravilla suelta, que son una verdadera prueba tanto para el vehículo como para el conductor. En esta parte hay que tener especial cuidado de no recalentar los frenos, utilizando por supuesto la compresión del motor para controlar la velocidad. No obstante, los frenos calentarán inevitablemente. El truco es, por tanto, saber qué hacer en ese caso.
Primero, es importante tomar las curvas de tal forma que se exija menos reducción de velocidad, “cortar” las curvas como se dice en lenguaje coloquial. Esto es, tomar la curva lo más abierto posible, teniendo cuidado de combinar la reducción de la marcha y el frenado en un arco dirigido hacia el punto interno de la mitad de la curva, y soltar, incluso acelerar un poco si se necesita compensar la distribución de pesos (si el auto quiere subvirar) al pasar de ese punto. Si existe coleteo, lo más importante es no reaccionar de manera violenta, contrariamente a lo que los reflejos instintivos pedirán hacer. Simplemente hay que corregir suavemente la dirección hacia donde se tiene que ir, reducir y dejar que el auto retome el equilibrio.
Si es necesario, sea por el cansancio en los brazos o por que los frenos calentaron, tómese un descanso, es mejor llegar tarde que no llegar.
Una vez llegado al valle, hay una entrada a Luribay muy cortita y agradable, que mezclada con el alivio de haber llegado sanos y salvos permite relajarse y comenzar a disfrutar el paseo. Por desgracia, septiembre no es temporada de duraznos, ni de uvas por cierto. Felizmente, el antojo de duraznos era solamente una excusa.
Esteban

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